Cuento de Navidad para una noche fría

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Ahora que llega diciembre con sus fiestas y sus monos ficticios en las azoteas de las casas semejando santacloses y renos de colores, que la gente lleva por dentro atrapadas sus nostalgias de los años, de sus calles y sus esquinas, yo por dentro, pero muy por dentro te inventaba como la historia traviesa de un cuento inverosímil en una noche fría.

Mira, en este invierno aunque abundan los abrazos, siempre se esconde uno por las rendijas y es el que no recibes, el que nunca llega a tiempo en Navidad ni en Año Nuevo. Los diciembres son los meses que se inventaron para guardar en ellos la nostalgia que se va acumulando de los años, en donde se desarrollan mil historias de fantasmas viejos que sólo vienen a jugar con nuestras conciencias.

-Hola, -me dirías un día de estos y yo te contestaría también deseándote las buenas noches, sumergida en el gris de tu bufanda grande y el gorro de tu abrigo color de miel. Entre piñatas y caramelos se deshace tu sonrisa llena de festines y de confetis, ya vez que los poemas también se recitan con la sola presencia de tus guantes blancos y los cohetes de colores que abruman tu mirada de anochecer sereno.

Alguna vez, quizá, podrás creer que a partir de aquella noche fría, luego de que ya no volverías, le sucedieron otras igual de heladas a las siguientes navidades en las que se fueron acumulando también las ausencias de todos nuestros amigos… igual que ellos, te desvaneciste entre la vaguedad del tiempo y los amores lejanos, de esos que aunque sea una Blanca Navidad, tampoco vuelven.

Este invierno de abrazos, villancicos y foquitos de colores otra vez me parecerá mirarte por estas mismas calles rodeada de regalos, ora cruzando la calle para mirar los escaparates de enfrente o tomándote un café en el humeante local acompañada de tus amigas, jovial, alegre y despreocupada, con tus guantes blancos, tu abrigo color de miel y sin que te hayan tocado los años todavía.

Todas las calles, aunque se vayan haciendo viejas son para siempre, y desde ahí nos miran nuestros sueños. Son inevitables esas horas a la misma hora, los mismos pensamientos mientras el año nuevo, como una rueda de la fortuna o un carrusel gira y gira cada vez más rápido a medida que tu rostro se va tornando confuso y nebuloso, como sumergida en el cuento de Navidad de una noche fría.

(Autor: Manuel Rosales Padilla/Escritor)